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CEMENTERIO ROMANO DE SANTIAGO

Muchos de nosotros conocemos la ciudad de Santiago de Compostela, bien tras hacer el Camino, bien visitándola como turistas, o bien vivimos en ella. Por supuesto conocemos también su afamada Catedral. Y son muchos los que nos preguntamos cómo era Compostela antes de la llegada del Apóstol Santiago a tierras de la antigua Gallaecia. Pues bien, decir que sí, Compostela es mucho más antigua al descubrimiento del propio apóstol Santiago. Prueba de ello son las excavaciones arqueológicas de los años cuarenta bajo el subsuelo de la Catedral, que permitieron sacar a la luz los restos de un antiguo cementerio romano, y sobre éste mismo, otro de la época sueva. Entre este cementerio romano se describió, de manos del eremita Pelayo y del obispo Teodomiro, un ara romana bajo la cual se enterraban los restos del apóstol.

¿Alguien se ha fijado, tras visitar la Catedral, en unas escaleras tapadas bajo rejas, que llevan al subsuelo de la Catedral?

En el suelo de la nave central y del brazo sur del crucero de la Catedral de Santiago se abre un pasillo estrecho hacia los sótanos del templo o, lo que es lo mismo, la historia de la ciudad antes del 813, el año en el que el obispo Teodomiro reconoció la tumba señalada por el ermitaño Pelayo como la del apóstol.

Quien lo desee podrá hacer un viaje por ese sótano, en realidad un gran cementerio de orígenes romanos que se prologó a la época sueva y que en el siglo VIII quedó cubierto por una capa terrosa, sin interés arqueológico, que atestigua un abandono inmediatamente anterior al hallazgo del siglo IX. Quien esté interesado, desde la página web de la Catedral se podrán hacer las reservas.

¿Qué se puede ver?

Tumbas con sus correspondientes laudas -las lápidas que cierran las sepulturas-, entre ellas la del obispo Teodomiro, hoy expuesta en la nave lateral derecha del templo. Dentro de las sepulturas han aparecido varios esqueletos fosilizados.

Además, en la catacumba sueva alojada bajo el crucero sur de la Catedral puede verse parte de la muralla que tuvo aquel primitivo burgo anterior al descubrimiento y, pegados a esta, los cimientos de la torre defensiva levantada por don Cresconio, obispo de Iria, sobre otra anterior del siglo IX. Los restos de esta muralla bajo el subsuelo nos permiten ver lo pequeña que era la ciudad en aquel entonces, tan reducida que sus límites ni siquiera sobrepasaban la iglesia prerrománica, levantada durante el reinado de Alfonso III (886-919).

Las excavaciones también muestran la violencia con la que Almanzor atacó el templo, en contra de la tradición que la reduce a un simple robo de campanas. Por entonces, sobre la pequeña iglesia levantada en tiempos de Alfonso II se había construido otra más amplia, que la razia del caudillo árabe dejó en estado ruinoso y que después del ataque fue reconstruida en tiempo récord, unos 50 años. «Duró poco, en 1112 la catedral románica la engulle».